No es siglo para viejas

Iria Bouzas

Hay algo que las personas tenemos en común con las máquinas y es que si no nos limpiamos adecuadamente, nos estropeamos

Nuestro modelo cultural es jerárquico, en general, los grupos de liderazgo marcan la dirección y el resto de la sociedad camina por el camino trazado en el suelo, saliéndose más o menos de él, en función del grado conformismo de cada individuo.

Salvo honrosas, estrafalarias y muchas veces, involuntarias excepciones, todos funcionamos así. Es más cómodo y probablemente más eficiente para la supervivencia del ser humano que estén marcados los parámetros que acotan nuestra existencia y definen el marco en el que relacionarnos con los demás.

Pero es un problema y grande, que los líderes que encumbramos como guías de nuestros pasos sean en muchas ocasiones personajes mediocres, mezquinos y en muchísimas ocasiones incluso unos egos totalmente enfermos.

No somos sociedades felices.

Esta afirmación es un hecho que está constatada en numerosos estudios que no es necesario leer para darse cuenta. Solo hay que preguntar a un médico de urgencias cuantas personas ingresan cada día con cuadros de estrés o ataques de ansiedad.

Solo necesitamos echar un vistazo a los diarios, entrar en una red social o ir un rato a cualquier bar para darnos cuenta de que, en general, la felicidad está bastante desaparecida de nuestras vidas. Y simplificando mucho los motivos de esta infelicidad colectiva, mi opinión es que nos hemos equivocado al elegir los guías y estamos todos caminando por un camino totalmente equivocado.

Es muy complicado encontrarnos a nosotros mismos en medio del ruido que hacemos mientras rezamos a unos dioses tan absurdos como son el dinero, la juventud, la belleza, o la apariencia.

Cada vez tenemos menos refugios en los que apartarnos de esta psicosis colectiva absurda a la que denominamos sociedad.

Se están convirtiendo en una especie en extinción los amigos a los que ver periódicamente. Ya no les abrimos una puerta a nuestro mundo interior y ya no les damos permiso para entrar cuando quieran. Los amigos están mutando en nombres junto a una foto en el WhatsApp a los que reenviarles de vez en cuando, algún contenido que nos haya parecido gracioso.

Hasta hace unos pocos años podíamos abrigarnos al calor del arte.

Íbamos a las librerías a buscar obras que nos sacudiesen el cerebro y nos abriesen una ventana que no sabíamos que estaban allí.

Íbamos al teatro a sentir, sentir que nuestras emociones se desbordaban porque con ello nos dejaban limpios de los restos del dolor y pena que se nos habían ido quedando pegados por los recovecos del alma.

El cine, al que acudíamos con esos amigos que ahora solo vemos en la pantalla del móvil, nos regalaban historias nuevas que nos hacían vivir otras vidas en las que descansar un rato de los zarpazos de las nuestras.

¿Ahora?

Ahora vamos a las librerías a esquivar los libros de los Youtubers que nos explican cómo ponernos las pestañas postizas, intentamos buscar obras de teatro que no estén protagonizadas por el último ganador de Gran Hermano y si vamos al cine es para ver películas de acción donde lo poco que pasa lo hace muy rápido, de forma muy agresaiva y con muchos efectos especiales.

No tenemos espacios donde sentirnos a salvo de la orgía de tecnología, avances y evolución que se ha convertido la sociedad. Avances que están muy bien salvo cuando nos sentimos en la obligación de parecernos más y más a esas máquinas que tanto idolatramos.

Se nos está olvidando ser personas y eso es un problema. Porque hay algo que las personas sí tenemos en común con las máquinas y es que si no nos limpiamos adecuadamente, nos estropeamos.

Los mejores ingenieros de personas son los amigos a los que no hacemos ni caso o las familias a las que desatendemos en la prisa por seguir caminando sin perder el ritmo del grupo. Nuestro mejor aceite es la risa y el mejor desinfectante son las lágrimas. No hay combustible tan potente en el universo como el amor, pero seguimos usando algunos de muy baja calidad como son la ira, la envidia o la inseguridad.

Supongo que el problema es mío. Creo que empiezo a hacerme vieja. Pero sea por el motivo que sea, debo decir que a mí este siglo no me está gustando nada de nada.

A los mismos que nos cosifican, nos deshumanizan, nos mercantilizan y nos maltratan es a los que elegimos como líderes y a los que les pedimos que nos marquen la línea a seguir.

Y luego nos preguntamos por qué somos infelices y estamos enfermos.

Este no es siglo para viejas como yo, es evidente. Así que con o su permiso (o sin él), sigan ustedes caminando que yo me voy a hacer a un lado a sentarme bajo cualquier árbol que haya en un lateral del camino y a seguir pensando en mis cosas mientras veo al resto del mundo pasar.

No voy a llegar a ningún lado, pero es que igual algún día descubrimos que la vida no va de llegar a ningún sitio ni de ir allí a toda prisa.

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